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Noticias : Julio Palacio

12 de Diciembre de 2008: Murió Julio Palacio, importante musicógrafo de Buenos Aires. Los musicógrafos de nuestra banda lo recuerdan...

 

Cuando uno lee o escucha la palabra ‘musicógrafo’ suele sentir cierta extrañeza o sensación de estar hablando de algo muy lejano en el tiempo. Nuestro querido colega y amigo, Julio Palacio, era alguien que hacía de la profesión de musicógrafo algo más que el escribir sobre música. Con una notable cualidad pedagógica, Julio supo entretener a diversos auditorios a través de sus comentarios musicales, haciendo accesibles cosas complejas y nunca cediendo a vulgarizar o minimizar obras y compositores. Los que tuvimos el privilegio de trabajar con él, sea en la universidad o en los medios, sabemos que su abordaje de un tema tenía siempre una sana dosis de curiosidad y sorpresa, aún cuando el tema pareciese agotado.

Su generosidad era muy grande y no tenía problemas en proveer datos de su vasta memoria o de su gran colección de libros o discos. Eso sí, prefería hacer laboriosamente las copias de lo que fuera antes que prestar sus discos, los que atesoraba como piezas únicas. De alguna manera, él quería sentir que estos objetos de consumo todavía mantenían un aura no perdida. Muchas veces en nuestra tarea de musicógrafos de la Banda Sinfónica de la Ciudad de Buenos Aires, nos encontramos ante la carencia de un dato particular y un llamado a Julio podía salvarnos del apuro. Jamás escatimaba información, en un medio en que la generosidad no suele ser moneda corriente.

Se hizo conocido públicamente cuando ganó un famoso certamen de preguntas y respuestas al reconocer inmediatamente una obra sinfónica y su compositor –y muchas veces la versión, con el preciso nombre del director, de la orquesta y eventualmente los solistas- con sólo escuchar los primeros compases. Su pasión por la obra de los posrománticos (Bruckner, Mahler, Strauss) lo hacía a la vez un moderno progresista y a la vez un romántico tardío. Luchaba por hacer conocidas a figuras que eran esquivas a los repertorios de las orquestas, a través de obras tales como alguna de las primeras sinfonías de Bruckner, la extraordinaria orquestación de El libro de la selva de Koechlin (basado en Kipling), la intensidad El ángel de fuego de Prokofiev, el Noneto de Villalobos, e incluso el Tangazo de Piazzolla.

Si bien fervoroso defensor de las vanguardias y de una idea profunda de modernidad musical –de hecho, era el profesor titular de Evolución de los estilos IV (música del siglo XX), en la Carrera de Artes de la Facultad de Filosofía y Letras- había una obra que solía revisitar. Se trataba de la Novena sinfonía de Mahler, en la versión en vivo de 1982 de Karajan con la Filarmónica de Berlín. Ese fue el primer disco compacto que decidió comprar. Y de alguna manera era un disco que él sentía como apertura y cierre de muchas cosas. El cuarto movimiento, un adagio que se sostiene mayormente en la intensidad de las cuerdas, se plantea como una suerte de despedida que se apaga lentamente y se disuelve en los límites del lenguaje tonal y orquestal que despide el siglo XIX y da entrada a la extrañeza del siglo XX. Escuchar ese momento nos hace recordar intensamente a nuestro querido Julio y nos permite despedirlo asociado a algo que él amaba con gran pasión.  

Gustavo Costantini y Laura Campardo

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